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27/Jul/2016
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¿QUIÉN VA A CANTAR?

Hace unos días un amigo posteó un comentario en el que señalaba su disgusto por la performance de Ruben Rada en el cierre de los Premios Platino en Punta del Este...
Por: Jorge Damseaux

Foto | Encuentro en el Estudio

Foto | Encuentro en el Estudio

Hace unos días un amigo posteó un comentario en el que señalaba su disgusto por la performance de Ruben Rada en el cierre de los Premios Platino en Punta del Este (en el contexto de una molestia general con la ceremonia en sí, plastificada, desnacionalizada, “latinizada”). Algo de razón tenía: Rada, vestido con un piyamita infame, ensayaba sin demasiado entusiasmo una versión de Cha cha muchacha con media pista (cantando en vivo sobre una grabación instrumental). La interpretación de Rada se sostenía bien, a fuerza de un oficio y carisma que, lejos de perderse con la edad, parece cada vez más potente. Eso me lleva a otros posteos, también recientes. El pasado 16 de julio se registraron en Facebook algunos comentarios acerca de Maracaná, pero creo que por primera vez fueron más las menciones al 73º aniversario del nacimiento del glorioso Negro Rada. ¿Un mito, en este caso viviente, va desplazando al otro?

***

Otra amiga me cuenta que en la fiesta posterior Rada acometió un show incendiario, con su banda a full. Así que cansancio no era. Fastidio, tal vez. En todo caso, Rada cantó su hit de taquito, medio mal llevado, y se guardó para el show “de verdad”. Como Obdulio con Jules Rimet, dame la copa y andá a cagar.

***

Y ya que hablamos de hazañas en tierras extrañas, es bueno recordar que Rada fue a México y escribió boleros y rancheras para los mejores (y como los mejores). Fue a EE.UU. en plena explosión del jazz fusión, y se descolgó junto con Ringo Thielmann y Hugo y Osvaldo Fattoruso, con un bandún que fue sensación en el género. Antes, había formado la banda de rock que sonaba mejor en todo el Río de la Plata, el Tótem. Todos Maracanazos.

***

Con Rada, la escucha siempre es una demostración de la más extrema pericia. Richie Silver es un discazo de rock clásico, cantado como ningún cantante de rock en Uruguay puede hacerlo hoy. Rock del bueno, hecho con toda la polenta, el swing, la elegancia propia del género. Fan, un disco de versiones, cierra con una maravilla de Buscaglia y Urbano (Manual para encontrar canciones[i]) en la que Rada juega entre Nat King Cole y Barry White y saca el crooner que lleva adentro. Hasta en Tango, milonga y candombe se despacha con un desempeño vocal imponente en Candomblues. Definitivamente, Rada es hoy el mejor cantante de rock del Uruguay.

A propósito, ese álbum doble es un material extraordinario, en el que Rada se acerca al tango y sus orillas en una actitud que mezcla, en proporciones áureas, el homenaje, la parodia, la pura competencia. Hay que escuchar la nueva versión de Tengo un candombe para Gardel, o Anclao en París, para reconocer inevitablemente que Rada es, hoy, el mejor cantante de tangos del Uruguay. Domina los lenguajes, los atraviesa, se los apropia, los retuerce y los devuelve convertidos en auténticas joyas.

Si algo le faltaba, con Horacio Buscaglia realizó espectáculos para niños de alegría desbordante. Rada, escatológico, intuitivo, cómplice, pícaro, era un niño más. Y además, con tremendas (¡tre-men-das, mismo!) canciones: Dame un besho[ii], La comparsa de los bichos, Malas palabras buenas, Tengo derecho… En una cartelera que se poblaba de propuestas de todo tipo y color, Rada era el mejor performer (decir cantante es, en este caso, decir poco) de música para niños, por afano.

A lo anterior hay que sumarle una enorme capacidad para moverse en el terreno de la música afro. Candombes, claro, por decenas y cada uno mejor que el otro. Pero también plena, merengue, cha cha chá, guaguancó, dixieland, murga, chacarera, funky, y un montón más. Para encontrar alguna referencia parecida de múltiple personalidad (pero a su vez de fortísima identidad), me tengo que ir hasta Los Beatles. Y ellos eran cuatro. Rada hace, solo, todo junto y todo bien.

***

Rada es un músico de gran complejidad. Su discurso armónico-melódico está lleno de ideas asombrosas, cuya característica más extraordinaria es, precisamente, ocultar esa complejidad detrás de una aparente simpleza. Escúchese, de nuevo, Tengo un candombe para Gardel, o Ahé ahé, o Montevideo, o Mamita.  Incluso en lo rítmico o en lo estructural, las ideas de Rada suelen ser tan atractivas como inusuales. Véase cuánto de tradición reescrita en términos de modernidad hay en Lovely John, cuántos homenajes conviven armónicamente (al pericón, a Los Beatles). Escúchese Malísimo, Al siete y medio pago, Lucila.

Sus textos combinan con el mismo perfil multifacético e inclasificable el humor grueso, la poesía, el compromiso; a veces, en la misma canción, como en Te parece, cuando en medio de un lamento en modo menor, el cantor le sugiere a la amada “¿Te parece, bienamada, si al compás de este candombe en la llamada, nos besamos, procreamos…?”.

También es hábil en el terreno del hit y de la canción comercial. Pero eso no nació con ¿Quién va a cantar?[iii], ni con Cachorro López. En el primer disco de Rada están Nunca le compres una guitarra a tu novia y Guantanamera, mitad canciones, mitad stand up. Y claro, Las manzanas. Hace algunos años cantó (¿y compuso?) un jingle para Emisora del Palacio por la que cualquier cantante de baladas hubiera pagado fortunas. En Mandanga Dance y más recientemente La raya es casi guarango. En ese terreno también desestructura, desestabiliza, incomoda. Su superhéroe (Rubenrá) usa las flatulencias como un superpoder. Va hasta el banderín del corner, hace un jueguito imposible y devuelve la guinda con maestría, como lo podrían haber hecho Joya y Spencer.

***

En esa mezcla infernal de perfiles (tan a contramano de los manuales de marketing de hoy), si hay algo que se mantiene firme en Rada es la frescura en el experimento, y la calidad intrínseca en la performance. Dos habilidades bien raras, y mucho más difícil de encontrar combinadas. Puede animar una ceremonia “latina” (en el peor de los sentidos), puede desarrollar un espectáculo para niños, puede meterse con la tradición tanguera y ensayar una especie de cruzada musicológica sobre las raíces negras del género, puede hacer jazz fusión con una banda explosiva en Confidence, puede ser Herodes en Jesucristo Superstar, Yobinbrás en Dandy, puede ser rockero, tanguero, murguero, sonero, candombero, y siempre salir airoso. Por si fuera poco, Rada compone genialmente, arregla estupendamente bien, pero además canta como los dioses. A los 73 años despliega un talento vocal tan atrapante como el de sus primeros años. Ya con menos agudos, pero con un timbre cargado de armónicos y un extraordinario dominio de sus posibilidades expresivas[iv], se mueve con elegancia en todas las canchas, para el aplauso y el asombro de una audiencia que aprendió a disfrutarlo.

Felices 73, negro que vivís cantando.

 

[i]En su disco “Cerca” Sara Sabah hace una deliciosa versión jazzy de esta canción, con un título levemente diferente: “Manual para escribir canciones”.

[ii]Esta canción figuró previamente en “Miscelánea negra”, pero la versión de “Rada para niños” es de una energía insuperable.

[iii] De hecho, un gran disco, y no por mérito del productor. Baladas, candombes, y las ya archiconocidas plena y cha cha chá (temazos) a los que el formato pop no logró cuadratizar.

[iv] Algunos grandes cantantes (pienso en Zitarrosa y en Serrat) llegan a sus últimos años de carrera en dominio acotado de su espectro vocal. Otros se convierten en “decidores”, como Roberto Goyeneche o José Carbajal “El Sabalero”. Pero pocos se adaptan a los cambios en el caudal vocal y lo aprovechan en plenitud, como Rada. Acaso Caetano sea un ejemplo válido en este sentido.

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Por: Jorge Damseaux

Habitante de Jacinto Vera, aunque originario del barrio Pérez Castellanos.
Director del Coro Upsala y del Coro de la Fundación Banco República.
Docente de Arreglos Corales en la Escuela Universitaria de Música (UdelaR). Asistente de la cátedra de Instrumentación de la EUM.
Compositor, arreglador coral, tecladista y pianista. Amante de la música y del carnaval.
Hincha fanático de Nacional y de Trouville, con poca predisposición al ejercicio de la racionalidad en lo que a temas deportivos se refiere.

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