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RÍO REVUELTO

Hace unos días mi hijo volvió a la carga con pedirme que le deje comprar el GTA. Y jugarlo, claro...
Por: Sol Inés Zunin

Ilustración de Nikolai M. Kochergin

Ilustración de Nikolai M. Kochergin

Hace unos días mi hijo volvió a la carga con pedirme que le deje comprar el GTA. Y jugarlo, claro.

Me propuso de todo: que no lo jugaría delante de sus hermanas, que solo lo usaría en el modo robar y matar, y no en el modo prostitutas, etc., que a sus amigos tampoco los dejan jugarlo en frente de sus hermanos más pequeños.

Me lo pide desde que tiene nueve años. Ahora tiene catorce y no he cedido. Ni cederé: ese juego, absolutamente inmoral, no entrará en mi casa, repito desde entonces.

Pero él solo quiere poder usarlo en línea con sus amigos, me repite.

Me dice que él (14) no va a confundir un juego con la vida real, que él sabe la diferencia y que jugarlo no va a hacer que salga por ahí matando gente.

Digo no. Por enésima vez.

Repito, aunque no me explayo, algo acerca del espíritu, que es frágil, y que se daña. No me confundo: sé que es un juego, pero estoy convencida de la existencia de sutiles capas de nuestra psique que son mucho más sensibles y delicadas de lo que admitimos. Impresionables. Lastimables.

Así que no me sorprende, para nada, la enfermedad que explota, en ritmo creciente, aquí y allá. No me sorprende.

Hace poco (tan poco y sin embargo ya pasaron varias matanzas y atentados en el medio), un día y medio después de la matanza de Orlando, en un almuerzo cualquiera, una compañera de escuela de mi hija (13), apenas adolescente, me pregunta si vi cierta película; le contesto que no, que no la he visto y sin que se lo pida empieza a relatarla. La trama es retorcida, enferma, sádica y venenosa y empiezo a sentir un nudo en el estómago, más por el de ella que por el mío: la idea de que haya sido expuesta a semejante perversión me estruja el alma. Pienso en su alma recién salida y ya, tan pronto, atenazada por tales vilezas y me duele. También me duelen los oídos de mi hija y quisiera pedirle que se calle, que no siga, que no envenene más éste bello almuerzo. Pero la dejo, porque me parece entender que necesita sacarlo de adentro, de su delicado y frágil sistema. Que me lo entregue para que yo, con mis fibras más endurecidas, me haga cargo.

Y entonces, empiezo a hablar. En su defensa, en la de mi hija. En la de todos nosotros.

Casi como si de una víctima de abuso se tratara, me dedico, me empeño, en que sepa que esa violencia no es normal que es pura enfermedad, que ella no es culpable y que, por el contrario, esa enfermedad tiene un propósito. Y que para poder protegerse, ellas lo deben conocer. Les pregunto: ¿Conocen el dicho, “a río revuelto ganancia de pescadores”? Explico que hay un motivo por el cual algunas personas desean que ellas, sus amigos, todos nosotros, veamos cosas como esas, juguemos esos juegos, vivamos así.

Y me explayo, pero poco, porque no quiero asustarlas, abrumarlas.

Más tarde, a solas con mi marido, hago catarsis:

¿Exagero cuando digo que hay gente que gana con esto? Corro el riesgo de entrar en el poco cool grupo de los “conspirativos”?

No me importa. Empiezo a numerar:

Ganancia de los vendedores de armas, que venden más como efecto rebote luego de ataques como éstos. De los fabricantes de armas, porque con cada ataque se abren nuevos ataques, nuevos bombardeos, nuevas invasiones.

Ganancias de las autoridades, que reciben nuevos cheques en blanco de la opinión publica favorable y les facilitan imponer nuevas políticas de control de la población, endurecimiento de penas, compras de equipamiento de seguridad, nuevas intervenciones militares, nuevos acuerdos de cooperación en la lucha contra algo, nuevos contratos de reconstrucción.

Negocios, negocios y más negocios basados en trastornar a la población, llenarla de ansiedades, miedos, drogas, necesidades.

Ganancias concretas, contantes y sonantes y ganancias potenciales, a futuro, por mantener poblaciones en vilo, irritadas, todo el tiempo al borde del pánico, del quiebre, programadas, listas para ser usadas cuando sean necesarias.

Para llamarlas a desconfiar, a votar, a comprar, a pelear, a matar.

Igual de demente y perverso como se ve en las películas, en el GTA.

Sólo que real.

Pero combatible. Y no con un superhéroe poderoso y sobrehumano (y si no estamos perdidos). Combatible por nosotros, simples mortales, con el simple gesto de apagar la tele, mantener un firme NO, declinar la invitación a la enfermedad, señalar el engaño, la mentira, elegir el gesto amoroso en vez del insulto, tender la mano fraterna (y permitirnos disfrutar de la recompensa en forma de tibio aleteo en el pecho).

Debemos y tenemos mucho que hacer para combatir la enfermedad. Tenemos nuestro libre albedrío, la reflexión, la voluntad, la verdad.

¿Podemos, por favor, apelar a algo de eso? Por favor.

Y si no lo hacemos por los que vendrán hagámoslo por nosotros mismos, que cuando seamos viejos viviremos en un mundo controlado por los jóvenes que hoy juegan al GTA. Por los jóvenes que hoy estamos enfermando.

Por favor.

 

N de la A:  Grand Theft Auto (videojuego), abreviado como GTA, es una serie de videojuegos que cuenta la historia de distintos criminales que deben cumplir misiones delictivas, como robar bancos o matar policías, controlar prostitutas y traficar drogas y personas. La acción se desenvuelve en diferentes escenarios entre los que se cuentan prostíbulos en donde los jugadores pueden, por ejemplo, interactuar y sacarle fotos a las strippers.

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Nací en Montevideo el 10 de enero de 1973, me mudé a Buenos Aires con mis padres y hermano al comienzo de la dictadura militar. Cuatro hijos, un diploma de actriz y muchas horas de vuelo como diseñadora y activista. Casi todos los días me planteo cómo ser buen granito de arena, y se me ocurren ideas, propuestas, soluciones, todas necesitadas de paciencia y voluntad. Fascinante!

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