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27/Jun/2016
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ASÍ NO SON LAS COSAS

Quien escribe pertenece a aquellos tiempos –reales o no, qué importa ya- en que creía o deseaba que todo lo bueno era también verdadero y hermoso, y lo malo falso y feo. Con el paso de los años me negué a pensarlo de otro modo, aunque el mundo...
Por: Carlos Skliar

Quien escribe pertenece a aquellos tiempos –reales o no, qué importa ya- en que creía o deseaba que todo lo bueno era también verdadero y hermoso, y lo malo falso y feo. Con el paso de los años me negué a pensarlo de otro modo, aunque el mundo se obstinó en presentarse también en su falsedad y fealdad y lo bueno dejaría de ser bondadoso y bello, acechado por la insistencia de las guerras, la humillación y la hipocresía.

Quiero decir: el mundo está malo, es falso y feo, aunque las publicidades nos muestren lo contrario.

Con el paso del tiempo uno va perdiendo precisiones acerca de cuál es el problema con este mundo, si es que lo hay, y de quién es, si es que es de alguien: si del inevitable progreso -esa flecha tensa que nos impulsa hacia delante, es decir, al pie de un acantilado y luego a la muerte-, si del tiempo que  borra todo vestigio del pasado, si de quien envejece y se siente avergonzado o feliz por sus nuevas y definitivas ignorancias, o es que simplemente habrá que encogerse de hombros y decir así son las cosas.

Pero ya sabemos qué ocurre cuando alguien con voz rendida piensa que así son las cosas: toda redondez se vuelve terco cuadrado, la lluvia fina se hace torrencial, los senderos se tornan fronteras, y la ternura demora demasiado en regresar. Ocurre exactamente lo mismo que cuando decimos que algo es normal: un fruto se seca y se arroja desde lo alto de un árbol, un niño se adormece sin desearlo y una conversación queda interrumpida para siempre.

El envejecimiento ya no reconoce edades –incluso algunos niños parecieran hoy envejecer de prisa- y obedece a diferentes motivos: se envejece cuando de pequeños nos perdemos en una gran ciudad,o cuando el primer amor ha dicho que no para siempre, o cuando nuestros padres se enferman y comienzan la despiadada partida, o cuando se es joven y nos dicen que no hay tiempo para perder en naderías o tonterías, o cuando el mundo, éste mundo -el de la hiper-tecnología, la hiper-publicidad, el hiper-consumo y la hiper-educación (entendida como la capacitación para el hiper-consumo, para la hiper-tecnología y la hiper-publicidad), nos fuerza a ir detrás de las novedades efímeras, mientras arrancan de nosotros algunos de nuestros mejores tesoros: cierta atmósfera del pasado, la calma, la rebelión, la poesía, la imaginación, la intensidad de un instante, la conversación, la lectura.

Quizá el reinado de las novedades no sea otra cosa que el exilio de la contemporaneidad: el abandono de una angustia existencial en pos de una cierta satisfacción inmediata y fugaz, que no logra nunca apaciguar la condición primera de la humanidad, su fragilidad, ni su desenlace ulterior, nuestra inefable mortandad.

En medio de la batalla entre el sosiego pueril y el desasosiego extremo parece haberse perdido ese cierto hilo invisible que daba sentido a la existencia en comunidad: la diferente experiencia del tiempo a través de las distintas generaciones. 

Los ancianos, las abuelos y las abuelas, eran la encarnación de ese relato que posibilitaba, hasta hace no demasiado tiempo, transitar por las palabras claras y oscuras de la existencia: pasearse con miedo y asombro por las tinieblas de las épocas, fundar las horas entremezcladas del enseñar, el aprender, la memoria, la literatura, en fin, la sensación del mundo más allá de nosotros mismos; el mundo afuera, la percepción de lo ajeno y lo lejano a partir de un vínculo propio y cercano.

Como bien se sabe los ancianos han sido prácticamente borrados de la faz de la tierra –aunque permanecen dentro de ciertos rituales de algunas tribus y en la reencarnación de esa figura fantástica de los cuenta-cuentos- pues en medio de tanta velocidad y voracidad la ancianidad no es vista más que como un despojo improductivo, confinada a la imagen de la desmemoria, el cuerpo insostenible, la ficción alucinatoria frente a la cual brota la impaciencia de los demás.   

Mi abuelo, por ejemplo, solía decirme que hacemos demasiadas cosas para evitar lo esencial: "¿Qué has hecho hoy?”, me preguntaba, luego de un largo sábado en la casa del largo patio. “Un montón de cosas”, le respondía animado: “jugué a la pelota, miré tele, corrí en el parque, me peleé con mi mejor amigo, tomé la chocolatada, subí y bajé escaleras, rompí un vidrio, paseé al perro, imaginé que era Superman o el Avispón verde, pisé una hormiga, y aquí estoy: agotado”. “Ya veo”, murmuraba, “es increíble todo lo que hiciste para no leer”.

Pues bien, este mundo de la prisa sin destino nos envejece a todos, pese a la aparente y desencajada juvenilización de los adultos, de modo más rápido y de forma más brutal que otros mundos que han existido, a excepción hecha por supuesto de los tiempos de guerra, poblaciones desplazadas, campos de concentración, aniquilamiento y exterminio: por una parte adultizando la infancia, convirtiéndola en cómplice de la sobreabundancia de objetos sin importancia o de su carencia absoluta y, por otro lado, forzándonos a los adultos a desprendernos de toda sensibilidad por lo contemporáneo, sujetándonos así a la vida estrecha de lo actual, la vida de lo más reciente, de lo último o ante-último, de la novedad, el grito de la moda.

Quizá educar, en medio de tantas reformas técnicas y de tantas evaluaciones que nos quitan el aliento y el tiempo para enseñar, sea recuperar o reencontrar algo de esa ancianidad olvidada y de esa infancia amenazada tanto por el  exceso como por la falta: un espacio donde contarnos historias sobre el mundo y sobre la vida para, quizá, cambiar la mala suerte de los desdichados y recuperar la memoria perdida.

Porque no es cierto que así son las cosas y tampoco que la desdicha sea normal.    

 

Comentarios

M

María Elsa     27/Jun/2016
Porque,como bien se ha dicho: "Lo pequeño, lo mínimo, lo que parece irrelevante no se deja atrapar por la furia o por el tormento: algo es mirado y conmueve, y pide un poco más de tiempo y de silencio.
Lo pequeño, lo inexpresable, es saber no haber sabido nunca lo suficiente, aquello que se detiene en el amor y es inútil su suma su división o resta. .." C.B.S

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Por: Carlos Skliar

Carlos Skliar es investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Argentina, CONICET e investigador del Área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO-Argentina. Realizó estudios de posgrado en el Consejo Nacional de Investigaciones de Italia, en la Universidad de Barcelona y en la Universidad Federal de Río Grande do Sul, Brasil. Fue coordinador del Área de Educación de FLACSO en el período 2008-2011. Actualmente coordina los cursos de posgrado “Pedagogías de las diferencias” y “Escrituras: creatividad humana y comunicación”.

Ha escrito ensayos educativos y filosóficos, entre ellos: ¿Y si el otro no estuviera ahí? (Miño y Dávila, Buenos Aires, 2001); Habitantes de Babel. Política y poética de la diferencia (con Jorge Larrosa, Editorial Laertes, Barcelona, 2001); Derrida & Educación (Editorial Autêntica, Belo Horizonte, 2005); Pedagogía –improbable- de la diferencia (DP&A Editores, Río de Janeiro, 2006); La intimidad y la alteridad. Experiencias con la palabra (Miño y Dávila, Buenos Aires, 2006); Huellas de Derrida. Ensayos pedagógicos no solicitados (con Graciela Frigerio, Editorial del Estante, Buenos Aires, 2006); La educación –que es- del otro (Noveduc, Buenos Aires, 2007); Entre pedagogía y literatura (con Jorge Larrosa, Miño y Dávila, Buenos Aires, 2007); Experiencia y alteridad en educación (con Jorge Larrosa, Homo Sapiens, 2009); Conmover la educación (con Magaldy Téllez, Noveduc, Buenos Aires, 2009); Lo dicho, lo escrito y lo ignorado (Miño y Dávila, 2011, Tercer premio nacional de ensayo); La escritura. De la pronunciación a la travesía (Babel Editora, 2012) y Experiencias con la palabra (Wak Editora, 2012); Desobedecer a linguagem: Educar (Editora Autentica, 2014) y Ensinar enquanto travessia (EDUFBA, 2014). Director de la colección ‘Educación: otros lenguajes’ (Miño y Dávila, con Jorge Larrosa); ‘Pensar la educación’ (Homo Sapiens, con Andrea Brito) y ‘Filosofía de la Educación’ (Homo Sapiens). Ha publicado los libros de poemas Primera Conjunción (1981, Ediciones Eidan), Hilos después (Mármol-Izquierdo, Buenos Aires, 2009) y Voz apenas (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2011); participó en la Antología de la nueva poesía argentina, organizada por Daniel Chirom (1980). Publicó el libro de micro-relatos No tienen prisa las palabras (Candaya, Barcelona, 2012) y Hablar con desconocidos (Candaya, Barcelona, 2014). Condujo entre 2005 y 2011 junto a Diego Skliar el programa de radio ‘Preferiría no hacerlo’, por FM La Tribu, Buenos Aires, Argentina.

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